martes, 3 de enero de 2012

¿Qué tengo de bueno que todavía no sé?


El propósito de este post es explorar dónde, porqué y cómo escondemos nuestras cualidades y talentos.
Evidentemente, una simple aproximación intelectual a lo que pasa en nuestro interior difícilmente pasará de ser un pergeño rudimentario y sobresimplificado. Su utilidad yace en que puede crear una matriz en nosotros que nos disponga a vivir futuras situaciones desde una actitud diferente, que nos brinde experiencias genuinamente nuevas.

Un temor frecuente...
Un recelo muy extendido respecto a la terapia suele ser el miedo a lo que llevamos dentro, al sótano tenebroso: ¿Qué podrá salir de allí? ¿Qué experiencias penosas tendré que ver? ¿Perderé la cordura? ¿Me transformaré de forma irreversible en alguien que no quiero ser? ¿Podré manejar lo que salga, o me veré arrasado por fuerzas incontrolables? ¿Podré soportar la abrumadora vergüenza de que las demás personas me vean como sospecho que soy? ¿O me marcará de por vida?


...y razonable.
Estos miedos no dejan de tener cierta justificación. Como explica en un ejemplo el constructivista Paul Watzlawick, en su libro El sinsentido del sentido o el sentido del sinsentido (Herder,1995): Un capitán tiene que guiar su barco por una peligrosa zona de arrecifes, en una noche oscura de tempestad. Guiado por la intuición, realiza una determinada ruta, conteniendo el aliento. Pueden pasar dos cosas: Que choque el casco con las rocas, y en los últimos momentos de su vida el capitán se dé cuenta de que había errado el rumbo, o, que pase indemne, confirmando sólo que la ruta que ha hecho era válida: es decir, que no sabrá si habían otras rutas más cortas, o más seguras. Sólo sabrá que la que ha hecho le ha servido, nada más.
De la misma manera, todas tenemos un guardián celoso de los contenidos de la mente, llamémosle "instinto de supervivencia", o "parte conservadora", que vuelve cierto el aforismo castellano que dice "más vale malo conocido que bueno por conocer". Al fin y al cabo, (piensa nuestra parte más primitiva), como he vivido hasta ahora me ha hecho llegar vivo y relativamente entero al momento presente, no merece la pena el riesgo. Es un razonamiento que no necesariamente hacemos consciente. Nuestra mente consciente se queja, "debo ser idiota: ¿Porqué no le puedo decir a mi amiga lo que me molesta? ¿Porqué sigo siendo tan... (rellena con lo primero que te venga a la cabeza)?¿Porqué no me comporto como quiero?". En cambio, nuestra parte conservadora, forjada cuidadosamente a través de millones de generaciones, sólo sabe la verdad del capitán: lo seguro es lo que conozco. Cada acto que he hecho, cada momento, converge en sus consecuencias en quien soy ahora, como la cúspide de una pirámide. "Si...", si de pequeña hubiese sido más valiente... quizá hubiese caído por un barranco. Si hubiese nacido en otro sitio, podría haber sufrido un accidente de tráfico, o una enfermedad exótica. Si no me hubiese deprimido, puede que me hubiese ofuscado un entusiasmo irracional y hubiese sido excluido de la sociedad.
Así, frente a la exigencia del tiempo de adaptarse y cambiar, tratamos de resistirnos manteniendo el orden conocido.


Como pasa en las sociedades, los individuos entregamos más poder a la parte conservadora cuanto más miedo tenemos, cuanto menos creemos en nosotros mismos y en nuestro potencial creador, cuando renunciamos a realizarnos y nos conformamos con sobrevivir (por cierto, que vi recientemente "Pleasantville", de nuevo, y explica todo esto en forma de una fábula muy fresca y estimulante).


La contraparte creativa
Hasta aquí, explicamos algunas de las razones de peso que tiene nuestra mente para no afrontar los cambios. Si comprendemos su (nuestra) necesidad, estaremos en mejores condiciones de satisfacerla de forma armoniosa con nuestros intereses.

Antes hemos comparado nuestra vida como el punto de convergencia de todos los hechos pasados. Ésta es una forma de vernos. Hace énfasis en el pasado, y en cómo éste nos determina. Otras perspectivas podrían ser, por ejemplo: identificarnos con un barco que va dejando una estela, cada vez más ancha. O como la parte frontal de un cometa, al rojo por la fricción: en estas otras metáforas, ponemos el énfasis entre nuestro presente y nuestro futuro, en esa parte aparentemente pequeña, pero irreductible, que es nuestro libre albedrío.
Y es en esta parte pequeñita donde encontramos nuestra identidad real, lo que somos, y lo que esperamos llegar a ser. Como un manantial de agua pura, este núcleo creativo es perpetuamente inocente, expansivo, luminoso. De la fértil cópula de esta luz creativa con los cristales coloreados de nuestro pasado, con las demás, con las realidades del mundo, surgen formas nuevas, genuinamente nuestras, de hacer y de estar en el mundo.


Una dualidad dentro de otra
Naturalmente, cuanto más cerca estemos de esta naturaleza, más auténtica es nuestra expresión, más brillante es su fruto. Picasso decía, "me costó cuatro años pintar como Rafael, pero me ha costado toda la vida llegar a pintar como un niño". Hay una parte activa, creadora, y también una parte contemplativa.: Apreciamos las expresiones musicales, literarias, artísticas... que consiguen embargarnos, superar a fuerza de gravedad de nuestros condicionantes y llevarnos más cerca de las emociones puras, de nuestro centro. Una y otra, creativa y contemplativa, se realimentan mútuamente: Una persona que toque el violín apreciará sutilezas en un concierto que otras personas no podremos. Alguien que haga surf vibrará con el esfuerzo y el coraje cuando vea la actuación maestra de un colega.
Al revés, contemplar obras bellas o éticas nos muestran territorios desconocidos de nuestra propia alma, inspirándonos a crear obras o actos de tal altura.
El camino que propone la terapia se puede describir en estos términos: desde nuestro centro contemplativo, observamos lo que está pasando ahora. Mientras estamos aquí, nos sentiremos seguros.El can Cerbero de nuestra conservación se mantendrá, si no dormido, amansado, y podremos ampliar los reinos de nuestra conciencia.
Desde nuestro centro activo o creativo, podremos interpretar , en el sentido actoral, estos nuevos espacios, darles forma real en el mundo, y forjar un vida nuestra, bonita y genuina.



Un caso de ejemplo
Juan (nombre ficticio) tenía sensaciones abrumadoras e incapacitantes. A través de una fantasía guiada, lo invité a tomar contacto con las fuerzas que lo asediaban. Una serie de contracciones musculares revelaban un profundo proceso interno.
- Si atiendes, en vez de huir, ¿Qué hay ahí?
Con la cara relajada y una expresión de placer, dijo Juan:
- Oooh, sí, sí. Ahora siento una fuerza en mí que no sentía desde pequeño. Es blanca y me recorre el cuerpo.
Le sugiero:
- ¿Quieres levantarte, pasearte, probarte esta nueva manera de ser, de estar en el mundo, como quien se prueba un vestido?
Así lo hizo. Sus pasos, su voz, su mirada, incorporaban ahora una fuerza, un talento, oculto hasta ese momento. La vida de Juan se volvió un poco más auténtica, más fuerte, más rica.

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